El otro día me desperté llorando, me pasé la mañana
llorando. Pero no era por ella, ya la olvidé. Pero bueno, estoy hablando de mí.
Cuanto más pienso que el otro día lloré, más me alegro de haber estado triste,
estoy feliz de estar triste. No, no se me ha ido la cabeza, tampoco me equivoco,
es cierto que estaba feliz de estar triste, al menos todo lo más feliz que he
podido desde hace tiempo. Es perfectamente posible ser feliz llorando de la más
amarga tristeza. Por más que lo creas no son contrarios, es más, pueden ser
complementarios, puede dormir la felicidad en las lágrimas. Lo contrario de la tristeza
es la alegría, y la alegría no es la felicidad. Te lo dice quien no ha sido
feliz por más que ha reído. Estoy feliz de mi tristeza porque esta nacía del
mundo, me di cuenta que el mi mundo es una mierda, así de simple, así, de sopetón,
por eso lloré. Estoy feliz porque tuve conciencia de mundo, era consciente me
mi realidad, por lo que era libre. La felicidad es la autorrealización, y esta
en mí esta es la libertad. Cuanto más libre soy, más yo mismo soy. Por tanto, cuanta
más conciencia de la realidad tengo, más soy yo. Era Argos, ergo era ego. ¿Lo
entiendes ahora? Estoy feliz de volver a ser libre, de volver a ser yo, y
volver a tener conciencia de mí, nada de nosotros. Soy yo.

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