Las llamas lo consumen todo con su danza incesante, siempre distinta, formando formas que se desvanecen con la facilidad con la que destruyen todo a su paso; al ritmo de sus chisporroteos acompañado de llantos, gritos, y ese sonoro silencio de cuando todo está acallado. El humo mancha el cielo estrellado y arrastra con él chispas que brillan jugueteando en el aire como luciérnagas hasta inevitablemente morir lenta, dulcemente como delicados seres vivos a las que les llega su momento. Dantesco, horrendo, magnifico espectáculo aleccionador del ego humano, que convierte a los hombres en engreídos seres que se proclaman a sí mismos superiores al resto, estúpidos. Son incapaces de darse cuenta de que el hombre está tan condenado a la libertad como a la igualdad, pero ellos solo aprenden quizás instantes antes de apagarse igual que las chispas cuando su vida ha transcurrido ya y ahora pasa antes sus ojos. Quizás necesitan morir para ver porque no han necesitado aprender a mirar y no se han preocupado de aprender a ver, necios. Pero nosotros somos capaces de ver, a pesar de todos los intentos por cegarnos, y por ello ahora estamos viendo el fuego reducir el mundo a ruinas, su viejo e hipócrita mundo. Estaba pleno de injusticia y dolor que lo ha llevado a ser renovado mediante el fuego por los mismos que lo defendían. Y cuando salga el sol heredaremos un montón de ruinas. Suficiente para llevar a él el mundo nuevo que llevamos en nuestros corazones, un mundo sin gobierno, gobernado solo por la justicia; sin reyes, donde reina la libertad; donde nada dirige a los hombres, solo la fraternidad. Este mundo vibra en mi interior, haciendo cosquillas en el estomago que viajan hasta las mejillas dibujando una sonrisa en mis labios. Miro a mi alrededor, la ciudad está rodeada por una marea de hombres, mujeres y niños, todos con máscaras de Guy y algunos con banderas tanto negra como rojas o de ambos colores, da igual hoy late el mismo corazón, y lo hace al ritmo del fuego. En el suelo resplandecen cientos de armas propias o ajenas manchadas de sangre, sudor y barro. Desde los restos del puente caen cuerpos inocentes al vacío hacia sumergirse en el río con la esperanza de salvarse. También desde las almenas y las calles en espiral que se alzaban hoy aún más majestuosas si era posible por el salvaje fuego que ya había calcinado la vegetación que cubría la cuidad. La impotencia me venía a momentos como arcadas a cada grito de dolor que escuchaba, solo se atenuaban al pensar que ya antes de morir ya habían sido vengados. Me retiré a armar la tienda, ya había tenido un espectáculo bastante horrendo hoy.


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