El reloj, un lento retumbar de jajas recuerdo y tormento de
una derrota. Por perdedor, por orgulloso, por fracasar. Y es que me dejé caer,
me dejé llevar, me dejé triunfar. Fuimos a encontrarnos, en silencio, habíamos
dejado la puerta abierta, como suele ocurrir en las casas donde han ocurrido
desastres. No mediamos palabra, tan sólo nos entregamos, y no sé si por suerte
o por desgracia, no a los sentimientos. Nos arrojamos a la pasión de
desquitarnos, a odiarnos mientras nos besábamos a ver a quien le dolían más a
la mañana siguiente los besos. Resaca de bocados, dulce y amarga.
Me miento a cada hora, cada día, cada suspiro es mentira. Sumergido
en este aroma, como un lucero manchando un cielo claro salpicado de estrellas,
perdido, te he buscado. Como el gotear de la noche, suave, me he enamorado. Como
el morir de la oscuridad con cada dentellada en el renacer del día para que se
bañe la luna en el sol, apasionado, así, así te he querido. Fuerza, raza,
pasión y dolor. Y hoy, nada. Quiero olvidar. Créeme que lo intento. Lo he
prometido tantas y tantas veces que ya ha perdido todo el valor, palabras
vacías. Del te amo al te odio, del bésame al no quiero saber más de ti, todo
para acabar recayendo en ti. Veme fracasar. He ahí la belleza de la derrota, en
el dulce olor que queda de quemar las promesas.
Aquí quedo en pie, soldadito de azúcar y sal anegado por una
lluvia de lágrimas. Ando cansado de la monotonía, la periodicidad, del volteo
del reloj y de la incansable arena que inunda cada grito para dejarlo en nada.
De esta eterna nada ando cansado, hasta de ver pasar el tiempo. Quién pudiera
detenerlo y castigarlo por andar siempre embriagado. Puto desvariar de las
horas, maldito desliar de la noche. Vayámonos de este ruido. Ya me pateé estos
lares. No quiero saber más de este sucio cenagal de barro durmiente en las
lagunas de las que evaporaron tus recuerdos. Me estoy ahogando y no sé cómo. Ni
sé escapar, ni sé salir, tan sólo nadar, enfrentarme al mar, y me falta valor. No
soy capaz de lanzarme contra él, echar a nadar y que sea lo que algún Dios
traidor quiera. Me planto frente al mar, cada mañana, cada atardecer. Espero
que un ola te traiga hacia mí, o que traiga tan solo tu imagen, o un susurro
tuyo, algo. Te espero envela frente al mar, sobre la arena, pero no me atrevo a
nadar. Es el miedo, que está clavado en mi alma. Miedo al camino, al futuro y
al pasado. Es miedo a la nada. Miedo a que como ayer seamos nada, al caer y
caer sobre nada. Y la nada me asfixia, la nada que resta que es lo que queda de
mí. Soy nada.
En algún momento creí en el amor con toda mi alma. Y perdí.
Pero vos me disteis la fuerza para renunciar a todo en lo que creí, las
mentiras, esa falsa esperanza de encontrar el amor, los cruces de miradas,
todo, que era nada. Y murió una parte de mí en el proceso. No hay más, Aquí
estoy, mutilado, herido por cien mil versos, esperando frente al mar, sin valor
para arrojarme. Y ahora siendo nada, me dejo caer otra vez en esa ilusión que no
pertenece a realidad y no existe más que en el cielo brumoso de la fantasía,
sombras de nada. Necesito saber que algo va a cambiar. Nada enamorada, nada
hecha de nada que nada busca, que nada quiere.
Maldigo a Apolo por inventar que existe el amor, por
hacernos creer todo esto, hacernos esclavos de una ilusión que nos tortura y
nos derrama en versos inútiles, por hacernos presos de su locura. Y Dafne, ay!
Dafne...

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