Si nunca has sentido la llamada a quitarte de en medio. Si no la conoces te voy a hablar de ella. No es el pensamiento lo peor, lo peor es la sensación que lo motiva, una terrible sensación de desolación, impotencia e inutilidad que inunda todos los pensamientos y sensaciones de tu cuerpo. Cala hasta los huesos y anida en el corazón, al punto de que se convierte en todo tú. Te sientes inútil, que tu vida no vale nada, que no le importas a nadie y que nadie te quiere, que quizás el mundo estaría mejor sin ti. Es entonces cuando te invade el pensamiento de quitarte de en medio, de como lo haría, ay cuantas maneras pensé, de que pasaría. Y concluyes que sobras. No se puede evitar, es algo que te supera y te lleva al más hondo pesimismo. Pero afortunadamente hay alternativas. La primera es derramar esta sensación en tinta, a veces es difícil, pero cuando se logra o te reconforta o termina de matarte, es como llorar cuando no caen las lágrimas. Otra es intentar darle un sentido a tu vida, buscar ser útil, encontrar tu lucha, si tu vida no vale, que tu muerte lo haga por ti; nunca es fácil encontrarla, y menos llevarla a cabo. Claramente lo mejor es pensar en alguien, no alguien que te quiera, basta con alguien a quien quieres hasta el filo de la locura o a la que quieres suficiente, y a quien le sentaría mal tu muerte. Entonces con tal de no hacerla sufrir, abandonas inconscientemente esos pensamientos. A la vez, el amor o el cariño por esa persona te anegan. Qué suerte tiene quien ama. Aún así estoy aquí, no por temer a la muerte, no lo hago, solo temo morir sin hacer nada; tampoco por mi destreza en las letras, aunque algo he aprovechado esta sensación; ¿he llegado aquí por amor? En parte, pero en especial el amor a las personas, unas más que otras, y por el odio hacia el mundo, esta es mi lucha. Porque yo un día me pregunté por qué no me defiendes de los que te atacan. Y aquí estoy con los pies en el suelo buscando que las palabras no se las lleve el viento, que me escuches, y que cambies tu manera de pensar. Debes saber que esta sensación tiene su parte positiva, y está tan arraigada en una persona que sin ella no sería igual. No reiría si no llorara tanto.
Va dedicado con cariño a todo aquel hijo de puta que un día me hizo sufrir o que lo intenta aún hoy.


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