Cuando abrió los ojos aún le dolía todo el cuerpo. Tenía los
músculos entumecidos, los huesos eran inamovibles y la boca aún hedía a
alcohol. Como pudo se levantó. No se miró al espejo. No tenía por qué soportar verse.
No le apetecía mirarse en el espejo y ver reflejado dos ojos turbios y
lagrimosos cargados de decepción. Bajó la vieja maleta de encima del armario, la
desempolvó y metió la ropa dentro. Entonces sacó papel y lápiz.
No sirvo para
esto. No sé hacer reír, no sé hacer llorar, no soy buen payaso. No mio no es
magia, no existe en mí la ilusión. No quiero arrimarme más a horribles bestias.
No pienso tragar más fuego. Pésimo funambulista, estoy harto de vivir en la
cuerda floja. Estoy harto del p’aquí p’allá.
Firmó y se marchó a no sabía donde, para no volver, al menos
siendo el mismo. Dejó solo la carta, la pintura y el recuerdo, no quiso llevárselo.
