A un hermano, a un camarada, a un mártir, a un defensor de los pobres, a 25 centímetros de odio, a una herida que no se cerrará, a un alma eterna. Tengo muchas cosas a las que escribir para expresar el asesinato de Carlos. A veces pienso, lo veo, a sus 16 años, como yo, luchando, como yo, un antisistema que se dirigía a defender los derechos de los más necesitados. Y es que me veo que puedo acabar igual, con una puñalada por la espalda en el pecho. Pero no temo. Murió en lucha, como un guerrero, aferrándose a la vida que tanto amaba, y quería vivirla en un mundo mejor. Estaba comprometido, no quedan como él. No lo conocí, es más, no sabía que era antifa cuando su sangre se derramó en el vagón esa mañana de 11 de noviembre de 2007, pero me duele cada milímetro de acero como si me lo clavaran a mí. Porque si nos tocan a uno nos tocan a todos. No puedo imaginar como será la venganza. El daño fue tremendo. El dolor de una madre, de los amigos, de los compañeros. Y las humillaciones, tergiversaciones y las placas de homenaje rotas sólo alimentan nuestro odio. No quiero siquiera entrar a hablar de Josué, de que un militar cobarde formado para matar pueda atacar así a civiles, que estuviera armado y preparado para matar desde que Carlos y sus compañeros llegaran al andén, de los gritos de Sieg heil! Mientras a Carlos se le escapara la vida entre las manos.
Y no sólo es Pollo, son muchos los que se han quedado en el camino, los que cayeron, por los que se derraman lágrimas de sangre, los que ya siempre están con nosotros, los que siguen vivos en el corazón de aquel que lucha contra el racismo
Por mucho que nos empeñemos, no somos inmunes, no somos eternos. El único homenaje continuar la lucha, que su muerte no sea en vano. La sangre se paga con sangre.
Ni olvido ni perdón.